Comunicación estructural



Un ejemplo de desigualdad

Ya se ha cumplido más de un mes desde que Editorial Prensa Ibérica (EPI), propiedad de Javier Moll y su familia, decidiera chapar de por vida el diario La Opinión de Granada y despedir a 45 profesionales. Aunque no parece un periodo muy extenso, es tiempo suficiente para repasar en frío las causas de tal acontecimiento.

Aprovechando la entrada anterior, en la que se trataba el desequilibrio que existe  entre la profesión de periodista y los intereses de los grupos comunicativos, el caso de La Opinión es el perfecto ejemplo para ilustrar la tendencia negativa hacia la que van lanzados los medios de comunicación. Hoy en día es habitual que los dueños de los canales de la información -de momento sólo de los canales y no de la información, aunque sólo de momento- distribuyan sus negocios por diferentes sectores que no guardan relación entre ellos, o bien dejen entrar en su accionariado a empresas de otras actividades que buscan lucrarse de un mundo tan influyente, atractivo y espectacular como es el de la televisión, la radio o la prensa.

EPI cuenta con, además de otras cabeceras diarias de ámbito provincial, publicaciones no diarias, páginas en internet, televisiones locales, sellos editoriales, plantas industriales de artes gráficas, distribuidoras de productos editoriales, una empresas de tecnologías de la información y la comunicación y algunos medios en Portugal y Australia. Sin embargo, en relación al tema que estamos tratando, es más llamativo el hecho de que la familia Moll tenga negocios inmobiliarios o acciones en empresas de energía geotérmica. Más aún cuando se sospecha, tal y como están haciendo los antiguos  periodistas de La Opinión -véase http://www.laopiniondelagranada.wordpress.com-, que el cierre del periódico podría tener que ver con la venta de su sede, cuyo valor se ha multiplicado en los últimos años.

Pero aunque estas sospechas fueran equívocas, sigue siendo extraño el cierre de la cabecera granadina, ya que el grupo tuvo el último año unas ganancias superiores a los 20 millones de euros. Tal superávit, desde un pensamiento mínimamente en consonancia con los principios del periodismo y del papel tan fundamental que los medios realizan en nuestra sociedad, debería haber permitido un mayor aguante y sacrificio ante una posible racha negativa en la cuentas del periódico. Apostar por el cierre y comunicarlo un día antes es poner en evidencia el fallo del mercado comunicativo. Es demostrar que los 45 despedidos, auténticos protagonistas de la acción informativa, se encuentran en gran desventaja respecto a aquellos que desde sus despachos juegan a acumular empresas sin conocer realmente cuál es la importancia de la prensa.

Perder una cabecera en una ciudad es quedarse sin una ventana más donde alcanzar la realidad como ciudadanos, sin una competencia que haga ser más eficientes y profesionales a los periodistas. Es necesario apuntar que no todos los cierres de medios de comunicación pueden considerarse iguales. Las causas que hay detrás de ellos varían en muchos casos. Sin embargo, en el que aquí se trata, tiene un claro aspecto de una balanza en desequilibrio.

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