Comunicación estructural



EL NEGOCIO DE LAS FUSIONES TELEVISIVAS

Rafael Ávalos Cabrera / Córdoba

Quien crea que un medio de comunicación es tal y detrás sólo se esconden intereses editoriales o “marcas de la casa” está muy equivocado. Lamentablemente, existen pocas formas de conocer la encrucijada “secreta” que se halla en torno al negocio de la información y la comunicación. Y es que lejos de realizar una función social, tal y cómo se considera que debe ser, los medios funcionan como empresas y trabajan para dar rentabilidad a compañías mucho mayores.

Esa realidad es confusa. Pero sobre todo escurridiza, no se deja atrapar por la sociedad, todo gracias al gran manejo que mantienen sobre los medios los magnates capitalistas, que ejercen un terrible poder. El mismo se encubre con artimañas de desinformación, de manipulación, de engaño y estafa, de vulneración de un derecho constitucional tan fundamental como es el de la libertad de información.

Sin embargo, estos señores no alcanzan la magnificencia porque sí y se acabó, sino que cuentan con el apoyo de los gobiernos de turno. La “espiral del disimulo” del profesor Fernando Quirós es una estratagema que bien saben utilizar los políticos. Mientras te hablan de luchar por el pluralismo y la libertad de información, permiten que unos patrañeros se llenen las manos de dinero a costa de la ignorancia del pueblo. Eso es lo mejor, pues si la gente está atontecida no sabe actuar en consecuencia en cuanto a su potencialidad dentro de un sistema democrático.

El sueño de un país en el que exista multiplicidad de medios, así como de informaciones y opiniones, es decir, puntos de vista sobre la realidad no es más que eso, un simple y triste sueño. Una alucinación que termina en pesadilla cuando alguno de los grandes mecenas de la (in)comunicación se hace con una nueva sucursal de su particular gabinete de prensa. El último ejemplo lo tienen en España y no ha de marcharse uno muy atrás en el tiempo.

Para 2010 se prevé desde el Gobierno que vea la luz la Ley General Audiovisual, que regala, como quién dice, a los gestores de las empresas informativas la posibilidad de hacer y deshacer a su antojo con las licencias obtenidas por un hipotético concurso legal y público. El precepto funciona desde enero. Pero como antes de terminar el pasado año el sector audiovisual sufre una crisis que no padecemos ninguno de los españoles de a pie –ni siquiera los miles de periodistas despedidos en “taytantos” medios– Zapatero, a través de Miguel Sebastián, ministro de Industria, Turismo y Comercio, se pone manos a la obra.

El tipo que decide un día ir al Congreso sin corbata para ahorrar en energía, el que fastidia con el invento de la TDT y regala una licencia de pago a Mediapro, es el mismo que decide liberalizar, un poquito más por si poco lo estaba ya, el sector audiovisual y de la comunicación. Así, en febrero de 2009 se tira a la piscina y “manda” que de entre las seis cadenas en abierto existentes –Antena 3, Cuatro, Telecinco, La Sexta, Veo TV y Net TV– pueden quedar como mínimo tres. Es decir, que realiza un llamamiento a las fusiones. Eso sí, con un límite, que entre las dos cadenas no sobrepasen el 27 por ciento de audiencia…

Con todo esto, en diciembre Silvio Berlusconi se hace con, nada más y nada menos, que el cien por cien de Cuatro. O lo que viene a ser lo mismo, el Primer Ministro italiano se adueña por completo de la cadena de Prisa. Y se llama fusión, porque el grupo de la familia Polanco obtiene un insignificante 18,3 por ciento de Telecinco. Mientras tanto, el canal de Fuencarral también logra hacerse con un 22 por ciento de Digital Plus.

La tarta se queda entonces: Mediaset –compañía de Berlusconi– posee 41, 3 por ciento de Telecinco, y esta cadena, a través de una nueva empresa denominada Gestevisión, se hace con el control absoluto de Cuatro y una cantidad accionarial superior a la de Telefónica en Digital Plus; Prisa pierde Cuatro y “gana” participación –pero siendo el tercer accionista– en Telecinco, al mismo tiempo que comparte su pastel monopolístico digital con Berlusconi y Alierta –presidente de Telefónica–.

En resumen, Cuatro, cadena progresista donde las haya, en manos de quien acaba en un momento determinado con Caiga quien Caiga en Telecinco, y que no necesita mayor presentación que mentar su nombre: Silvio Berlusconi; Prisa ni pincha ni corta en Telecinco; y por si fuera poco, la cadena de Fuencarral y Telefónica, nada cercanos a la posición de Prisa, comparten Digital Plus. Si a eso le suman que “el imperio del monopolio” –José María García dixit– abandona a su suerte, a comienzos de 2009, a Localia y todos sus trabajadores, tienen como resultado uno de los peores negocios de la historia.

Lo importante es que la compañía Gestevisión, creada únicamente para que Telecinco se “engulla” a Cuatro y coma un poquito de la deficitaria Digital Plus, es la guinda que necesitaba el pastel de Berlusconi para su poder mediático en España. Porque al control de la RAI –televisión pública italiana– y un importante número de medios privados italianos, tienen que contar ahora con Telecinco, Cuatro y Digital Plus. Nada más y nada menos. Eso es pluralismo y lo demás es tontería.

Sin embargo, la última información contenida en un medio sobre el tema de las fusiones aparece el pasado cuatro de este mes en el diario Expansión: “Planeta y su socio italiano De Agostini han cerrado un principio de acuerdo con Mediapro y Televisa para la integración de Antena 3 y La Sexta en un gran hólding”. Toma del frasco, Carrasco.

Pero que no se pierda nadie, que es muy sencillo de entender: Planeta posee Antena 3, y Mediapro La Sexta, en la que la poderosa latinoamericana Televisa también cuenta con un buen paquete accionarial (un 40 por ciento, ni más ni menos). Como todos pueden fusionarse ya, excepto Antena 3 y Telecinco por cuestiones de audímetro, Planeta se coge a la cadena tachada por el sector “popular” de socialista e íntima defensora de Zapatero y su Gobierno.

Ahora tengan algo más en cuenta: Planeta tiene en su regazo empresarial el diario La Razón, de raigambre católica ortodoxa y “derechona”, al tiempo que Mediapro tiene en su haber el diario Público, más bien anticristiano o anticlerical, como quiera verse, e “izquierdoso” a más no poder. No pegan absolutamente nada, ¿verdad? Todo lo contrario, pegan tanto como que los gestores de las compañías podrán frotarse las manos entre otro buen puñado de billetes a costa de la información y formación de los españoles. Ese es el magnífico negocio de las fusiones televisivas.

Total, ¿qué tendrá que ver que un diario que propugna valores cristianos y otro que ataca con contundencia, un día sí y otro también, a la Iglesia se vean al amparo de una misma macro empresa? Pues nada, lo importante es sacar los cuartos y que el populacho en vez de saber desconozca. Vamos, que no confundan churras con merinas, una cosa es la ideología y otra la economía, y ante esto último no pueden ni el honor ni el orgullo.

Rafael Ávalos Cabrera es periodista. Puedes seguirlo en www.caminoa2016.blogspot.com y www.encordobes.blogspot.com

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